Texto catálogo Señas de identidad por Carlos Pérez Pérez-Serrano.


Si la reflexión sobre la identidad debiera ser un ejercicio obligatorio para cualquier individuo, en un artista esta tarea resulta ineludible. Virginia Rivas vuelve a insistir con su trabajo en el empeño, abordando de forma multidisciplinar la representación de la realidad y su reflejo, de lo propio y su transformación a través de la mirada ajena.
La fotografía como espejo, la pintura como interpretación de la imagen reflejada, son los medios de los que la artista se apodera en un ejercicio paradójico, utilizando lo que de  frialdad tiene la técnica fotográfica en la representación de lo que se es y la intimidad de lo pictórico en lo que se parece, en lo que también se es pero a ojos de los demás.
Al fundir en una misma obra fotografía y pintura, Virginia refuerza la idea de la doble identidad del individuo. La identidad vivida y la percibida coexisten de manera natural. Espejos y ventanas ambivalentes que sirven para ser penetradas por la mirada pero también para reflejarla. Cuando los personajes representados se encuentran contextualizados en un entorno concreto, delante del espejo, este aparece como elemento central, verdad y vanidad, que  proporciona momentos de autorreflexión, de ensimismamiento introspectivo, así nos encontramos con la paradoja que al observar al otro en este momento íntimo del propio reconocimiento, trascendental o superficial, nos autoafirmamos en él, provocándonos una sensación inquietante al entrar en la realidad del personaje desconocido, como indiscretos invitados en la vida de un individuo ajeno a nosotros mismos. Los personajes observados, pintados, interpretados, pierden la nitidez del reflejo pero se llenan de color, florecen con él, en un ejercicio de buena voluntad de la observadora-pintora ante esos seres anónimos para nosotros que no lo son para ella.
Cuando se autorretrata, intenta descubrir algo más que una primera impresión, debajo hay algo parecido pero distinto. Ese otro aspecto que con el tiempo siempre acaba asomando, se esfuerza Virginia en mostrarlo de un tirón. Se vuelca sobre el espectador amplia y sinceramente.
Los espejos de distinto formato no permiten elegir nuestro reflejo, no es lo mismo “encuadrarse” que “flotar en una pecera“. “Debes reflexionar sobre QUE te está reflejando”, esto se nos pide aquí de  forma directa y eficaz y lo hacemos, aun de forma inconsciente.
Cara y cruz, delante y detrás, la polaroids (a punto de extinguirse) nos meten en el mundo de la fría identificación oficial. La cárcel y las fronteras exigen más que un solo punto de vista sobre cualquiera de nosotros. Busquemos la parte buena, nosotros también somos nosotros por detrás. Con nuestra nucas despejadas o no, con nuestros moños y cuellos de dimensión particular. La envergadura de nuestra espalda, características de nuevo enfrentadas por Virginia de forma directa al frente habitual. Otra vez los dos aspectos, de nuevo los retratados se nos ofrecen de un modo más completo.
  Los distintos soportes utilizados en la muestra nos hablan de la reversibilidad del lenguaje, de como la idea central se presenta y multiplica, en un ejercicio de reflexión sobre las posibilidades del creador para desarrollar su tesis expresiva a partir de distintos medios, que potencian el intercambio y la migración de las ideas en sus distintas posibilidades técnicas.
Virginia reflexiona y trabaja con esa reflexión, mostrándonos claramente su mundo y el de sus personajes en esos momentos casi despojados de lo anecdótico que por eso mismo hacen del uno y los otros un hermoso ejercicio de sinceridad.

Carlos Pérez Pérez-Serrano, 2008.
Profesor de la Universidad de Bellas Artes de Salamanca.